sábado, 21 de noviembre de 2009

Entre la docencia y mi profesión

Cursaba el segundo año de la licenciatura en Letras Clásicas y las lecturas que nos dejaban de tarea eran densas, por lo cual nuestras visitas diarias a la Biblioteca de Letras eran obligatorias. Ahí conocí a una exalumna de la carrera, que durante las tardes atendía la biblioteca y en las mañanas daba clases en un colegio particular, un día la vi muy preocupada y le pregunte el motivo, ella me contestó que por motivos de salud se había ausentado de su trabajo y tendría que seguir faltando, a lo que contesté –cuando tengas que faltar me dices y te cubro- yo lo dije de broma, pero ella se lo tomo en serio, al otro día me dijo que había hablado con su directora y esta le dijo que no había problema, que me presentara la siguiente clase.
Me sentí muy nerviosa al principio, pero después ante la respuesta del grupo, me sentí más segura y me gustó poder compartir el contenido de un texto, intercambiar ideas y explicar o recrear algo. Cabe mencionar que durante los dos años que llevaba en la carrera, mi idea era ser traductora de textos clásicos o investigadora, pero no había pensado en la docencia, sino hasta ese día. Y me gustó.
¿Qué pienso de ser profesor?
Pienso que es un trabajo que requiere de mucho compromiso, no es un trabajo que se tome a la ligera, porque se está trabajando con seres humanos, no en una fábrica de productos comerciales. Me siento muy satisfecha de mi trabajo.
El trabajar con bachilleres me ha resultado muy satisfactorio por la energía que tienen, por lo creativos que son y porque son muy demandantes, lo cual hace que me exija más cada día.
Los motivos de satisfacción son varios: los detalles que tienen en el salón de clases o su trabajo bien realizado. La otra cara de la moneda es que no todos alcanzan esa optimización, por motivos de disciplina, ausentismo por motivos económicos o familiares; la cara no satisfactoria está dentro del sistema educativo, “la burocracia”.

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